El Arte de Decidir.

Hoy quiero compartir con vosotros algo que leí hace ya bastante tiempo. ¿Cuántos? Más de treinta años. Más de tres décadas. Con apenas dieciocho años volvía del cine con mi novia. No me preguntéis por la película, ni por su título. No lo recuerdo, aunque siendo sincero tampoco lo recordaría media hora después de salir de aquella sala de cine.
Después, acompañaba a mi chica a casa de sus tíos. Allí, las típicas presentaciones, tomar un café y los correspondientes halagos y sonrisas. En un momento dado, me acerqué a un mueble donde había bastantes libros. Y, curioseando aquellos volúmenes, me decidí a coger uno de ellos. No recuerdo el título ni su autor, qué más quisiera yo. Es algo que siempre me he recriminado, el no fijarme en ello.
Y digo todo esto porque el autor de ese libro, en su prólogo, le dedicaba la obra a un hombre del que ni siquiera sabía cómo se llamaba, aunque sabía un suceso o una leyenda que le contaron de pequeño.
La historia se remontaba a dos siglos atrás, en un lugar donde la nieve era abundante y el uso de los trineos tirado por un par de perros era algo habitual. Contaba el escritor, que este hombre había salido con el trineo y sus tres hijos a dar un paseo que les tenía prometido. Hacía un día agradable, pero a la vuelta de unas horas se convirtió en un día horroroso, con una gran nevada que era inusual en aquello época del año.

Los perros que guiaban y tiraba del trineo, se encontraban cansados , después aquel contratiempo climático y para complicarse la situación, se vio sorprendido y rodeado de varios lobos. No tenía nada para defenderse. Absolutamente nada. Por lo que, aquello parecía el fin.
Tomo una decisión que lo llevo a la cárcel y fue ejecutado posteriormente. Él desde el principio cuando llego al pueblo, se entregó a las autoridades contándoles lo que había sucedido. El señor juez no dudo en ningún momento en condenarlo y mandar a ejecutar la sentencia.
El delito no sé si te lo habrás imaginado, te lo cuento, aunque me horroriza solo el pensarlo. Para salir de allí, cogió al más pequeño de los niños, casi un bebe, y lo arrojo a los lobos. Así, mientras los animales daban cuenta de él, pudo escapar y salvar la vida de los otros dos, y la suya propia. Aunque sabía que la suya solo sería efímera.
Todo un horror. Aquella historia que leí, siempre he pensado que era una leyenda, y no tuvo nada de real. Una imaginación macabra, sin lugar a dudas, del autor. Pero no he logrado averiguar nada de ese libro, cuando años más tardes lo intente.
Claro que volví, pasado unos años, a la casa del tío de mi novia. Y, para más inri, había donado los libros un año antes a una asociación de Algeciras, cuyo nombre no recordaba, que recogía libros y material escolar por el barrio. Mi mirada se fue al sitio donde estuvieron aquellas obras literarias, y en su lugar había un equipo de música con tocadiscos incluido.

Ah, otra cosa que decía aquel texto, y es interesante también, treinta años después del suceso, uno de los hijos de este hombre acudió a los juzgados para intentar convencer a los jueces que su padre no era un asesino, ni culpable. Que había salvado dos vidas, la suya y la de su hermano. Lo hacía pensando en limpiar la imagen de su padre. El procedimiento fue largo, y hubo otra sentencia pero en los mismos términos. Es decir, declarándolo culpable y condenándolo a aquella muerte que en su día tuvo.
Bueno, esta es la historia de esta semana, y me acabo de acordar de algo. Sí, que la película que “veía” con mi novia iba sobre el pecado de la gula. Comida y más comida.

¿Has leído en algún sitio esta historia, o algo parecido?
¿Qué te parece?
En esa situación extrema, ¿culpable o inocente?

Gracias por estar y comentar, eso ayuda mucho a la continuidad de este blog.

Diego Santos Márquez.