Aquellos Libreros.

Lo recuerdo perfectamente.  Ocurrió hace unos ocho años en Málaga.  Sí, en la capital.    Un jueves de Junio acercaba a una de mis hijas a la universidad, un examen de recuperación a primera hora de la mañana.   Un día muy caluroso, pero con un cielo gris.  Apenas la dejé en la Facultad de Derecho, comencé a callejear por esas calles inusuales para mí, ya que era la primera vez que andaba por aquella zona. Disponía de un par de horas, aunque hasta pensé en desplazarme a algún centro comercial cercano para que la espera no se me hiciese eterna.

Deguste un café con leche, con un mollete con manteca de lomo.   En mi pueblo la llamamos “manteca colorá” y me deje llevar por aquellas calles.   Poco tiempo después, me di cuenta que estaba en una calle sin salida.  Cuando volvía por mis pasos, a la izquierda un rótulo rojo anunciaba la existencia de una pequeña librería. Entré allí, buscando un libro que tiempo atrás un amigo lector me había recomendado.  Bajando el pequeño escalón de la entrada, me vi en un lugar muy peculiar y especial.   Daba la sensación de haber cruzado un portal que me traspasaba al pasado.  Una señora mayor, pero muy coqueta y sonriente me recibió con un gesto que me hizo sentir cómodo y, como un niño pequeño, me colé por aquellos pasillos con ese olor a papel.

Mirando sus estanterías, limpias y ordenadas, había libros de todas clases, pero abundaban los clásicos.   Me giré buscándola y rápidamente se me acercó:

  • ¿Le puedo ayudar?
  • Sí. Me ha llamado la atención esos separadores de esta estantería.  ¿Cuál es la diferencia?
  • Joven – me dijo, con voz pausada- “los libros viejos” son aquellos que tienen más de 50 años, y los “libros antiguos” son los que superan los 100.
  • ¡Gracias! Todos los días se aprende algo.  Por cierto, busco un libro titulado “Carta de una desconocida”.   No recuerdo su autor, pero en un blog  literario hablan muy bien de él, y un amigo también me lo recomendó hace tiempo.
  • ¡Ah! Sí. Es de Stefan Zweig, es una pequeña joya literaria. Espere un momento, lo busco y se lo acerco.

Miraba aquel lugar, como si fuese un pequeño templo.  Aquellos libros eran como un Patrimonio Bibliográfico.  Vagamente, me recordaban aquellos libros la famosa Cuesta Moyano de Madrid.  También pensaba en esa mujer, en su sencillez, su estilo y su forma pausada de actuar.  Como a cámara lenta llegaba ella con el libro en sus manos.  Lo sostenía con una delicadeza exquisita y me lo entrego como cuando se da algo frágil.  Muy frágil. Sus dedos acariciaban el libro y resbalaban por él.   Nunca vi tratar con tanta dulzura un libro.    Hablamos un buen rato de libros, literatura y del mundo literario.   Fue como una clase magistral.

Cuando salí de allí, después de callejear un ratito, me senté en un banco y volví a disfrutar de ese momento, lo recordé todo como se recuerda una película de cine que te ha encantado. Pensé en esos lugares que no se pueden denominar librerías, ya que allí hay de todo, y, sobre todo falta la figura del librero.  Ese que te da conversación, que te recomienda y te comenta lecturas. Era consciente, que aquello que había vivido, no era algo normal en estos días.   Vas a muchos espacios donde los libros se encuentran mezclados con todo tipo de productos.   Y los libros necesitan su hábitat, su lugar donde se preparan para que ese lector lo agarre y lo acaricie como hizo aquella librera.

La pequeña joyita, era toda una joya.   Desde entonces, me he interesado por ese escritor y sus libros.   Cuando lo leía, el tiempo volaba mientras pasaba sus hojas.  Tanto, que el sonido del móvil me sobresaltó haciéndome volver a la realidad. Una hora más tarde de lo previsto recogí a mi hija y, aun volviendo a casa mientras conducía, las imágenes de la librería y su librera me rondaban por la cabeza.

Tres meses más tarde volvía a aquella zona.   No tenía que llevar a mi hija, ni había exámenes, ni nada.  Pero tenía la necesidad de volver a aquel “templo”. Cuando estaba en la puerta observé que el pequeño escaparate estaba forrado con papel.    Una nota en la puerta me puso triste, e incluso derramé alguna lágrima: “Cerrado por Defunción.  Gracias a los que dieron vida a este lugar”

Ahora, mientras les cuento esta anécdota pienso que tenemos suerte que aún tenemos algunos “libreros”, pocos, pero algunos. Esos personajes, como los Sempere en las obras de Zafón, también existen fuera de los libros, y que tanto apostaron al fomento de la lectura.   Ellos, merecen mi reconocimiento y estoy seguro que el de ustedes también.

¡Gracias Libreros!

Diego Santos Márquez.

*Artículo de opinión publicado en la Revista “La Garbía” en su número 3. agosto 2017.