¡NO FALLES!  (Diego Santos Márquez)

¡NO FALLES! (Diego Santos Márquez)

Relato

Ya metidos en Diciembre y acercándonos a las fiestas navideñas, me apetece compartir unos de los relatos que no tuvo la oportunidad de colarse en algunos de los libros que he publicado. No por ello, los considero que una calidad menor solo que en aquella en ocasión no le encontré el hueco debido. Espero que  lo disfrutes.

 

¡No falles!  Relato

Un brindis con copas de cava, era lo que acababan de hacer Julio e Isabel. Allí, en el salón de su casa, después de que él le diera los detalles económicos de la empresa que constituyeron tres años atrás.
No le dieron tiempo a beberse el contenido de ese alegre y festejado brindis, tras oír un ruido procedente de una de las habitaciones de la vivienda.  De la habitación de Raúl.
Nada más abrir la puerta contempló las piezas de ajedrez tirada por el suelo. Raúl llorando. Llorando en su silla de rueda.
—¿Qué te pasa hijo? – pregunto su madre.
—¡Que me va pasar! No puedo andar. ¡Esta va ser mi vida! Ya solo puedo jugar al ajedrez. Y encima mal.

Julio se sentó frente a él, con la intención de animarlo, y quitarle ese enfado que tenía y expresaba con bastante ira.
—Papi, no me vengas con tus sermones y batallitas. ¡La realidad es esta que ves!
El padre respiro, no entro al trapo, y con gesto serio y rotundo se puso a hablarle:
—Hijo, afortunadamente tu discapacidad no es definitiva. Repito, no es definitiva. Hay esperanzas. Serías esperanzas. Entiendo que te sientas mal, pero es injusto. Muchas personas tienen grandes discapacidades, la tuya es física y como antes te decía es temporal. Aquél desgraciado accidente te va hacer estar bastante tiempo sin practicar tu deporte favorito. Pero tu bicicleta te espera, no le falles.

— Sabes –seguía hablando Julio- no eres un mal jugador de ajedrez. No, no lo eres. Pero si eres muy impaciente y, además estas enfadado con el mundo. Eso hace que no te concentre y, sobre todo, no veas la magia que hay en el tablero.
— Sí, pero…
— ¡Raúl! Déjame acabar. Hoy quiero contarte esa batallita o sermón que sueles decirme cuando intento explicarte algo.
— Tengo cojera –continuó el padre- Una maldita cojera que me ocasionó otro coche que, como a ti te atropello. ¡Solo tenía quince años! Quince.

—Era otra época. Treinta años atrás sufrir una discapacidad era otra cosa. Me sentía inferior a mis amigos. Y aunque ellos no me decían nada, hay cosas que no necesitan hablarse. Y lo sabes, eres inteligente para eso.
Dejé de ir con ellos a la playa. En esos días que íbamos con las chicas. Luisa, que era una “especie” de novia a esa edad, me dejó. Sí, sin contemplaciones.
—Pero papi, siempre me habéis dicho que mama y tú os conocéis desde el colegio. Y erais novios de pequeñitos.
— Así es. Ella siempre fue mi amiga y me quería, pero a mí me gustaba Luisa, aquella rubia despampanante y liberal. Y sabes quién se quedó a mi lado, tu madre. Sí, ella. Esa chica a la que yo no había valorado lo suficiente y ahora es “mi vida”.

—La sociedad de hoy está muy implicada para favorecer a integración de personas con discapacidad. Antes era un rechazo todo esto. Hoy seguimos luchando para que todos podamos tener las mismas oportunidades.
Esa mujer, a la que quiero, tu madre. Ella, subía a la biblioteca que tenía unas escaleras empinadas inimaginable en estos días, y me bajaba los libros.

Raúl escuchaba a su padre cabizbajo.  Sin mirarlo, aunque asistía con la cabeza de vez en cuando.

—Por eso te digo, no seas injusto. Hay que luchar con lo que tenemos y te repito, lo tuyo afortunadamente, según los médicos va ser temporal y te vas a recuperar plenamente.
—Papa, te quiero. Gracias, llevas razón. ¿Quieres una partida?
—Bueno, pero si me dejas jugar con blancas.


Diego Santos Márquez